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COMBUSTION ESPONTANEA

El propio escritor británico Charles Dickens investigó la combustión humana espontánea.
Hagamos un repaso:
Cornelia Bandi era una condesa de 62 años que en abril de 1731 falleció cerca de Verona. Al parecer se había ido a cenar y tras llenar el estómago se marchó a la cama acompañada de su doncella con la que pasó unas horas hablando. Terminó por dormirse.
A la mañana siguiente la doncella acudió a la habitación de la condesa para despertarla y lo primero que vio fue un cuarto negro de hollín y el suelo impregnado de un líquido pegajoso, amarillo, grasiento y hediondo. La cama estaba intacta y mostraba una pista: la condesa se había levantado pues las sábanas estaban apartadas.
A una distancia de metro y medio de ésta yacía un montón de cenizas y dos piernas intactas y aún vestidas con medias que salían de ellas. Y entre las piernas yacía la mitad de la parte trasera del cráneo, el cerebro, tres dedos ennegrecidos y el mentón. Todo lo demás eran cenizas que, al tocarlas, dejaba impregnado una grasa con olor hediondo.

La combustión humana espontánea tiene una característica común: es rápida. Se puede estar mirando a una persona y de pronto verla arder y consumirse por el fuego.

Hay otra historia que puedo contaros al respecto, la del cura Bertoli.
Bertoli falleció en la ciudad de Filetto en 1789. Aunque vivía con su cuñado, eran muchas las veces que se quedaba solo leyendo un libro de oraciones en su habitación. El hombre empezó a gritar desde su cuarto y aquellos que fueron a socorrerle vieron al cura tirado en el suelo y envuelto en una llama pálida que se apagó cuando los otros se acercaron.
Cerca de la piel, el cura Bertoli llevaba una túnica de tela de saco debajo de sus ropas, y con estupor se comprobó que la ropa de encima se había quemado... pero la túnica estaba intacta. Curiosamente, debajo de la túnica la piel tampoco se había quemado, pero mostraba su carne colgada a jirones.



LOS NIÑOS ILLFURT

En 1864 una familia comenzó a tener lo que se pensó que eran manifestaciones demoníacas.
Los dos crios protagonistas de esta historia eran hijos de los Burner, que tenían otros tres hijos. Los supuetos poseídos se llamaban Teobaldo y José, y apenas tenían 9 y 8 años respectivamente en 1864.

Teobaldo dijo ver al menos treinta veces a un espíritu al que consideraba su maestro, pero no era un ser físicamente humano, sino una imagen con patas de gato, pezuñas de caballo, pico de pato y cuerpo de plumas. Al parecer el fantasma sobrevolaba al chiquillo amenazándole con estrangularle, y el niño, tratando de defenderse, le lanzaba y luchaba contra él ante los ojos atónitos de los espectadores que sólo le veían a él. Lo que hizo creer a los demás que la visión era real aunque ellos no pudieran verla, es que el chiquillo capturaba plumas del cuerpo de su visitante que luego los espectadores veían, tocaban, olían (echaban una peste fétida) e incluso trataban de quemar sin éxito.

Las similitudes con otros exorcismos al menos calificados como tal fueron las siguientes: una voz hablaba desde ellos sin necesidad de que movieran su pequeña boca, una voz adulta, masculina, que soltaba improperios contra lo más sagrado (respetando únicamente a la Virgen), y se reía del efecto que sus poderes hacían sobre el personal, como inundar la habitación de un calor sofocante que era insoportable incluso en el más crudo invierno.
También producía en los cuerpecitos de los niños bultos terribles, con movimientos horrorosos haciendo de sus estómagos una visión traumática. Cuentan que se hinchaban hasta el límite y vomitaban espuma, musgo y plumas, cubriendo la habitación del olor fétido de las plumas sucias.

A veces unía las piernas de los chiquillos como si tuvieran cemento y nadie tenía la fuerza suficiente como para separarlas. Tenían una rapidez nunca vista, y eran capaces de girarse en cuestión de segundos como si estuvieran accionados por un motor a propulsión, de forma que sus giros asustaban y sorprendían a la gente, y también demostraban momentos de rabia y enfado golpeando a destajo todo lo que había ante ellos, sin notar cansancio aunque se pasaran horas haciéndolo.
Los chiquillos hablaban y entendían todo tipo de lenguas, latín, inglés, francés, dialectos españoles... Además mostraban conocimiento de lo que pensaban los demás o descubrían dónde había objetos ocultos, o incluso se permitían el lujo de avisar de la muerte de alguien del pueblo con el consiguiente estupor de los familiares. También les hacían partícipes de acontecimientos pasados que todos desconocían. Para enojar a los espectadores solían descubrir sus más oscuros secretos poniéndolos en evidencia.

Los cuerpos poseídos reaccionaban ante el agua bendita con furor, y cuando la monja que les alimentaba dejaba caer un agota de agua bendita en sus platos desde otra habitación para no ser vista, los niños miraban el plato y se negaban a comer.
Además sus cuerpos, yacidos o sentados, se elevaban por manos invisibles.

Los sucesos acontecieron ante unas cien personas entre las que se encontraba gente seria y culta que no daba crédito a sus ojos. Los más incrédulos barajaron cientos de hipótesis pero jamás negaron lo que vieron.

Otros hechos que sucedieron en este caso particular fueron los siguientes:
Cuando trataron de colocarle a José una cruz, ésta se retorció en forma de equis (x).

El primero de los niños en aceptar el exorcismo y librarse el espíritu que le poseía fue Teobaldo y no reconoció a las personas que el estuvieron observando. Volvió a casa y se comportó como un crío cualquiera. No recordaba nada de lo sucedido.
Ese mismo mes del año 1869 exorcizaron definitivamente a José
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