Del Cielo al Infierno

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Del Cielo al Infierno

Lea las Profecias y Revelaciones de Santa Brígida

Lamentable condenación de cierta alma, y salvación de otra con circunstancias muy notables.

Capítulo 22

Veía santa Brígida que estaban en el tribunal de Dios dos demonios parecidos en todo el uno al otro. Tenían la boca abierta como lobos, los ojos inflamados como un vidrio que arde interiormente, las orejas colgando como las de los perros, el vientre hinchado y muy saliente, las manos de grifo, las piernas sin coyunturas y los pies medio cortados.

Uno de ellos dijo entonces al Juez: Dame como esposa para que me una con ella, el alma de este que es semejante a mi. Di qué derecho tienes a ella, respondió el Juez. Y dijo el demonio: Puesto que eres justo, te pregunto: cuando se encuentra un animal que se parece a otro, ¿no se dice: este animal es del género leonino, lobino o cualquier otro? Y ahora pregunto yo: ¿a qué género pertenece y a cual se parece esta alma, a los ángeles o a los demonios? Y dijo el Juez: No es semejante a los ángeles sino a ti y a los tuyos, según se ve muy a las claras.

Entonces, riéndose, dijo el demonio: Cuando fué criada esta alma del ardor de tu unción, esto es, de tu amor, era semejante a ti; mas ahora ha despreciado tu dulzura y héchose mía por tres títulos: pues es semejante a mí en su modo de obrar, tenemos el mismo gusto, y es una misma la voluntad de ambos. Y le respondió el Juez: Aunque todo lo sé, di por causa de esta esposa mía que está presente, cómo esa alma es semejante a ti en el modo de obrar. Así como tenemos los miembros parecidos, dijo el demonio, igualmente tenemos parecidas las obras. Nosotros tenemos los ojos abiertos, y sin embargo no vemos.

Yo tampoco quiero ver nada que pertenezca a ti ní cosa que quieras, y así también, éste no quiso ver, cuando pudo, lo que te pertenecía a ti y a la salud de su alma, sino que solamente atendía a las cosas temporales que eran de su agrado. Nosotros tenemos oídos, pero no oímos en provecho nuestro, y así éste, no quiso oir nada relativo a tu honra. A mí también me son amargas todas tus cosas; y por tanto, nunca entrará en nuestros oídos, para consuelo y provecho nuestro, la voz de tu dulzura y de tu bondad. Nosotros tenemos la boca abierta; y como esa alma tuvo la boca abierta para todo lo grato al mundo, y cerrada para ti y para tu honra, así nosotros la tenemos abierta para ofenderte si pudiéramos y molestarte, y nunca dejaríamos de hacerte daño, si posible fuera afligirte, o echarte de la gloria.

Tiene las manos de grifo, porque todos los bienes mal adquiridos que pudo alcanzar, los retuvo hasta la hora de la muerte, y aún los hubiera retenido más tiempo, si le hubieses dejado vivir más. Igualmente, yo, a todos cuantos caen en mi poder, los cojo con tanta firmeza, que jamás los soltaría, a no ser que se me arrancasen por tus juicios y contra mi voluntad. Tiene hinchado el vientre, porque su codicia no conocía límites; llenábase, pero no se saciaba; y fué tanta su ambición, que si hubiese tenido todo el mundo, hubiera trabajado de buena gana para reinar hasta sobre los cielos. Igual ambición tengo yo, y si pudiese coger todas las almas del cielo, de la tierra y del purgatorio, las arrebataría de buena gana, y si quedase una sola alma fuera de mi poder, no dejaría de perseguirla, a causa de mi ambición.

Su pecho está tan frío como el mío, porque ni te tuvo ningún amor, ni jamás le gustaron tus consejos. Igualmente yo, que a más de no tenerte amor ninguno, reconcentro contra ti tal envidia, que de buena gana dejaría que siempre me estuviesen dando amarguísima muerte, y siempre se renovara el suplicio, con tal que murieses, y si fuera posible, matarte. Nuestros pies carecen de coyunturas, porque la voluntad de esa alma y la mía es una misma; porque desde el principio de mi creación mi voluntad se movió contra ti, y nunca quise lo que tú; e igualmente su voluntad siempre fué contraria a tus mandamientos.

Nuestros pies están mutilados, porque así como con los pies se camina para provecho del cuerpo, de la misma manera, con el afecto y buenas obras se camina a Dios. Pero esa alma jamás quiso caminar a ti con el afecto ni con obras, como ni yo tampoco; y así, somos semejantes en cuanto a los miembros. Tenemos también el mismo gusto, porque aunque sabemos que eres el sumo bien, sin embargo, no gustamos lo dulce y bueno que eres. Por consiguiente, como somos todos semejantes, dispón que quedemos unidos.

Entonces habló delante del Señor un ángel, y dijo: Señor Dios nuestro, desde que esa alma se unió al cuerpo, siempre la he acompañado, sin separarme de ella mientras vi que tenía algo bueno, mas ahora la dejo como un saco vacío de todo bien. Tuvo tres males; porque juzgaba mentirosas vuestras palabras, creyó falso vuestro juicio, y despreció vuestra misericordia, y aun esta vuestra misericordia murió para con ella. Vivió esta alma en matrimonio, y no tuvo sino una mujer, sin mezclarse con otra alguna; pero guardó esta fidelidad en el matrimonio, no por amor ni por temor divino, sino porque amaba tanto el cuerpo de su mujer, que no quiso unirse a otra alguna. Oía también misa y concurría a los oficios divinos, mas no por devoción, sino para no ser separado de la Iglesia, ni que lo notasen los demás cristianos. Llegóse a la Iglesia, como otros muchos, con el fin e intención de que le dieseis la salud corporal, las riquezas y honras del mundo, y lo libraseis de los acontecimientos que los hombres llaman desgracia.

A esta alma, Señor, le disteis todo lo que podía apetecer en el mundo, y aún más de lo que os sirvió. Pues le disteis hijos hermosos, le disteis salud corporal y riquezas, y la librasteis de las desgracias que temía. Le concedisteis también por vuestra justicia que satisficiera su ambición, en términos que le pagasteis ciento por uno, y nada ha quedado sin remuneración. La dejo, pues, ahora vacía de todo bien.

Y entonces respondió el demonio: Oh Juez, puesto que seguía esta alma mi voluntad, y le pagaste el céntuplo de todo lo que debía tener tuyo, manda que quede unida conmigo. ¿No está escrito en tu ley, que donde hubiere una voluntad y un consentimiento matrimonial, debe haber también el vínculo legal? Así acontece entre nosotros, pues su voluntad es la mía, y la mía es la suya. ¿Por qué estamos privados de unirnos mutuamente?

Y dijo el Juez: Manifieste el alma cuál es su voluntad respecto a unirse contigo. Y respondió el alma al Juez: Más quiero estar en el infierno que ir a la alegría del cielo, para que tú, Dios, no tengas el consuelo de poseerme; pues me eres tan odioso, que me importan poco mis torementos, con tal que tú no recibas consuelo alguno. La misma voluntad tengo yo, dijo entonces el demonio. Mejor querría padecer un perpetuo tormento, que ir a la gloria, para que de ello recibieras algún consuelo.

En seguida dijo el Juez al alma: Tu voluntad es tu juez, y según ella sufrirás el castigo. Volvióse el Señor a la Santa, la cual se hallaba presente, y le dijo: ¡Ay de ese hombre!, pues fué peor que un ladrón, porque tuvo venal su alma; su carne apetecía las inmundicias, y defraudó a su prójimo. Por esto piden de él venganza los hombres, los ángeles le ocultan el rostro, y los santos huyen de su compañía. Acercándose entonces el demonio a aquella alma semejante a él, dijo: Aquí estoy yo, oh juez. Yo, que por mi malicia soy malo, y ni fuí redimido ni lo he de ser. Este fué como otro yo, pues aunque fué redimido, se asemejó a mí, obedeciéndome más que a ti: por consiguiente, declara mía esta alma.

Y respondió ej juez: Si todavía te humillaras, te daría yo la gloria, y si en el último instante de su vida me hubiese esta alma pedido perdón con propósito de la enmienda, jamás estaría en tus manos; pero porque perseveró hasta el fin en obedecerte, es justicia que sea tuya por toda la eternidad; con todo, las obras buenas, que hizo en su vida, si hay algunas, contendrán tu malicia, para que no puedas atormentarla todo cuanto quieres. Y dijo el demonio: Luego es mía, y por tanto, como suele decirse: su carne será mi carne, aunque no soy carnal, y su sangre será mi sangre. Y comenzó a alegrarse mucho y a dar palmadas.

¿De qué te alegras, le dice el Juez, y qué alegría tienes con la pérdida de un alma? Dilo, a fin de que lo oiga esta esposa mía que se halla presente, pues aunque todo lo sé, responde sin embargo por causa de esta esposa, que sin estas explicaciones no puede comprender las cosas espirituales. Entonces contestó el demonio: Mientras esta alma arde, ardo yo más y con mayor vehemencia, y mientras la abrasare, más me abraso yo; pero gozo, porque a pesar de que la redimiste con tu sangre y la amaste tanto, que te diste por ella a ti mismo, que eres Dios, al fin pude engañarla y hacerla mía.

Grande es tu malicia, respondió ej juez, pero atiende, porque te permito que veas. Y en aquel instante subía a lo más alto del cielo una hermosísima estrella, y viéndola el demonio, se quedó sin poder hablar, pero el Señor le dijo: ¿A qué se parece esa estrella? Y respondió el demonio: Más resplandeciente es que el sol, así como yo soy más negro que el humo. Está llena de toda dulzura y del amor divino, y yo estoy lleno de todo amargor y malicia. Y el Señor le dijo: ¿Qué sensación te causa esto en tu ánimo, y qué darías porque esa cayese en tu poder? Respondió el demonio: Por ello querría yo sufrir una pena tan amarga, como si en una columna se clavasen las puntas de innumerables cuchillos puestas unas junto a otras, y tan apiñadas que no hubiese entre ellas la distancia de una aguja; entre estas puntas pasaría yo con gusto desde lo alto del cielo hasta lo más hondo del infierno, con tal que viniese a mi poder esa estrella.

Grande es tu malicia conmigo y mis escogidos, le dice el Señor; pero soy tan caritativo, que si me fuese posible morir otra vez, de buena voluntad padecería por cada alma y por cada espíritu igual suplicio al que por todas las almas padecí una vez en la cruz, y lo haría así para que no quedase ningún espíritu inmundo; mas tú eres tan envidioso, que no quieres que una sola alma viniera a mí.

Entonces le dijo el Señor a aquella alma buena, que se veía como una estrella: Ven, querida mía, al gozo que deseaste. Ven a la dulzura que nunca se acabará. Ven a tu Dios y Señor, por quien tantas veces suspiraste. Yo te daré a mí mismo, en quien reside todo bien y dulzura. Ven a mí desde el mundo, que es un piélago de pena y de dolor, porque en él no hay sino miseria.

Volvióse enseguida el Señor a la Santa, que todo esto veía en espíritu y le dijo: Mira, hija, todas estas cosas han pasado en un momento delante de mí; pero como tú no puedes entender sin aclaraciones las cosas espirituales, te manifiesto todo esto, para que comprenda el hombre cuán severo soy con los malos, y cuán piadoso con los buenos.

Declaración.

Presentábase al Juez un alma, a la cual acompañaban cuatro negros, quienes dijeron al Juez: Aquí viene nuestra presa, la estábamos siguiendo y observamos todos sus caminos; mas ya cayó en nuestras manos; ¿qué hemos de hacer con ella? ¿Qué tenéis que alegar contra ella? preguntó el Juez.

Tú, Dios, dijiste, respondió el primer negro: Yo soy justo y misericordioso, y perdono los pecados. Pero esta alma asímiró su salvación, como si hubiese sido criada para la condenación eterna. Tú, Señor, dijiste, respondió el segundo negro, que el hombre debía ser justo con su prójimo y no engañarlo; pero éste engañó a su prójimo, trocó lo que pudo, y recibió lo que quiso, sin tener ánimo de restituir. El tercer negro dijo: Tú dijiste, el hombre no debía amar a la criatura más que al Criador, pero éste todo lo amó, menos a ti. El cuarto negro dijo: Tú, Señor, dijiste que nadie puede entrar en el cielo, a no ser quien de todo corazón desea y busca a Dios; pero este no deseaba nada bueno, ni le gustaron las cosas espirituales; y lo que por ti hizo, lo hacía solamente, porque no advirtiesen los cristianos que él no lo era.

Díjole entonces el Juez al alma: ¿Y qué dices de ti misma? Y respondió: Tengo endurecido el corazón, y te deseo el mal y ningún bien a ti, que eres mi creador y redentor. Sin embargo, obligada a ello, diré la verdad. Soy como el hijo abortivo, ciego y cojo, que desprecia los consejos de su padre. Por tanto, mi conciencia me dice que mi sentencia es que acompañe en las penas a aquellos cuyos consejos y costumbres seguí en la tierra. Dicho esto apartóse de la presencia del Señor el alma vertiendo amarguísimas lágrimas, y desapareció la visión.

Al final de esta revelación se habla de un religioso llamado Algoto, Prior Escarense y maestro en teología, que después de estar tres años ciego y padeciendo de mal de piedra, tuvo dichoso fin. Porque estando en oración por él santa Brígida, para que sanase, oyó en espíritu la siguiente respuesta: Ese es una resplandeciente estrella, y no conviene que con la salud se manche su alma. Ya ha peleado y concluido, y no le queda sino ser coronado, y serviráte de señal, que desde esta hora se le aliviarán los dolores de la carne, y toda su alma será inflamada en mi amor.

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