San Cirilo de Jerusalen Biografia, Imagenes, Vida, Historia, Milagros

San Cirilo de Jerusalen Biografia, Imagenes, Vida, Historia, Milagros

San Cirilo de Jerusalén

Doctor de la Iglesia (año 386)

Jesús es bajado de la CruzSan Cirilo nació cerca de Jerusalem y fue Arzobispo de esa ciudad durante 30 años, de los cuales estuvo 16 años en destierro. 5 veces fue desterrado: tres por los de extrema izquierda y dos por los de extrema derecha.

Era un hombre suave de carácter, enemigo de andar discutiendo, que deseaba más instruir que polemizar, y trataba de permanecer neutral en las discusiones. Pero por eso mismo una vez lo desterraban los de un partido y otra vez los del otro.

Aunque los de cada partido extremista lo llamaban hereje, sin embargo San Hilario (el defensor del dogma de la Santísima Trinidad) lo tuvo siempre como amigo, y San Atanasio (el defensor de la divinidad de Jesucristo) le profesaba una sincera amistad, y el Concilio general de Constantinopla, en el año 381, lo llama "valiente luchador para defender a la Iglesia de los herejes que niegan las verdades de nuestra religión".

Una de las acusaciones que le hicieron los enemigos fue el haber vendido varias posesiones de la Iglesia de Jerusalem para ayudar a los pobres en épocas de grandes hambres y miserias. Pero esto mismo hicieron muchos obispos en diversas épocas, con tal de remediar las graves necesidades de los pobres.

El emperador Juliano, el apóstata, se propuso reconstruir el templo de Jerusalem para demostrar que lo que Jesús había anunciado en el evangelio ya no se cumplía. San Cirilo anunció mientras preparaban las grandes cantidades de materiales para esa reconstrucción, que aquella obra fracasaría estrepitosamente. Y así sucedió y el templo no se reconstruyó.

San Cirilo de Jerusalem se ha hecho célebre y ha merecido el título de Doctor de la Iglesia, por unos escritos suyos muy importantes que se llaman "Catequesis". Son 18 sermones pronunciados en Jerusalem, y en ellos habla de la penitencia, del pecado, del bautismo, y del Credo, explicándolo frase por frase. Allí instruye a los recién bautizados acerca de las verdades de la fe y habla bellísimamente de la Eucaristía.

En sus escritos insiste fuertemente en que Jesucristo sí esta presente en la Santa Hostia de la Eucaristía. A los que reciben la comunión en la mano les aconseja: "Hagan de su mano izquierda como un trono en el que se apoya la mano derecha que va a recibir al Rey Celestial. Cuidando: que no se caigan pedacitos de hostia. Así como no dejaríamos caer al suelo pedacitos de oro, sino que los llevamos con gran cuidado, hagamos lo mismo con los pedacitos de Hostia Consagrada".

Al volver de su último destierro que duró 11 años, encontró a Jerusalem llena de vicios y desórdenes y divisiones y se dedicó con todas sus fuerzas a volver a las gentes al fervor y a la paz, y a obtener que los que se habían pasado a las herejías volvieran otra vez a la Santa Iglesia Católica.

A los 72 años murió en Jerusalem en el año 386.

En 1882 el Sumo Pontífice lo declaró Doctor de la Iglesia.



DIEZ DIAS DE EJERCICIOS



S U M A R I O
Guía espiritual
Consejos previos
1. La oración
2. El acompañamiento
3. El esfuerzo espiritual
4. El itinerario

Textos con miras a la oración de estos días

Día 1º.: Designio de Dios y respuesta del hombre
(Principio y fundamento)

Plan del día: ¿por dónde comenzar?
Para la oración de este día
Discernimiento al fin de la jornada

1ª. Etapa: LLAMADA A LA CONVERSIÓN

Día 2º.: En las profundidades

Plan del día: la revelación del pecado
La "meditación"
Para la oración de este día
Primeros pasos en el discernimiento
Advertencias al fin de la jornada

Día 3º.: Orar a Jesús

Plan del día: Jesús Salvador
Para la oración de este día
Asimilación de esta oración. La repetición. El examen
El sacramento de la penitencia
Al fin de estos dos días: discernimiento



2ª. Etapa: DE LA CONVERSIÓN A LA MISIÓN

Día 4º.: La llamada de Jesús

Plan del día: la contemplación del Reino
La llamada de Jesús
Para la oración de este día
Discernimiento del fin del día

Día 5º.: María, o la respuesta perfecta

Plan del día: los misterios... el de María
La contemplación
Para la oración de este día
Afinamiento y simplificación de la oración
El discernimiento en esta contemplación

Día 6º.: El discernimiento: el estilo de Cristo.

Plan del día: la sabiduría de Cristo.
La lucha entablada
La oración para pedir "ser admitido"
Para la oración de este día
La regla para nuestra elección: los dos criterios (333)

Día 7º.: Educación para el discernimiento: la elección

Plan del día: manera de elegir
Disposiciones para la elección
¿Cómo se hace la elección?
Aplicaciones
Para la oración de este día
Al final de estos cuatro días

3ª. Etapa: CRISTO VIVO EN LA IGLESIA

Día 8º.: El don de su Cuerpo: la Eucaristía

Plan para este día: en unión con Cristo
Para la oración de este día

Día 9º.: En las fuentes del ser y de la vida: la Pasión

Plan para este día: sentido de la vida y de la muerte
Oración ante la Pasión
La dificultad: el muro
Para la oración de este día

Día 10º.: El hombre nuevo: Cristo resucitado

Plan para este día: una transformación
La oración ante Cristo resucitado
El retorno al principio
Para la oración de este día

El final de la experiencia

1. Balance e intercambio final
2. Conservación de la experiencia
3. La vida de discernimiento: el examen
4. La Contemplación para alcanzar amor [230-237]
5. Para esta contemplación

La renovación de la experiencia



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Guía espiritual

¿«Cómo reflejar en el papel la evolución de una vida», la de los ejercitantes y la de aquel que les acompaña? Esta era la pregunta que yo me hacía cuando, hace ahora unos diez años, publicaba este libro que ahora se me pide reeditar.

¿De qué se trata, en realidad? De ayudar a los demás a evolucionar, a vivir, a amar, a crecer en libertad para mejor entregarse a la gracia del Espíritu y, de ese modo, cumplir su misión en la Iglesia y entre los hombres.

Este libro es de un carácter muy particular. No está destinado tanto a ser leído cuanto a ser practicado. Y practicado con la ayuda de una persona experimentada, a fin de evitar errores metodológicos. Es el itinerario de una experiencia; es una guía espiritual.

No conviene buscar en él un desarrollo lógico, como si debiera ser leído de principio a fin. Hay que abrirlo según la necesidad del momento, para encontrar en él la animación del espíritu y algunos consejos apropiados. Su estilo pretende ser el de los «apotegmas» de los Padres del desierto: una serie de pensamientos, ya de por si condensados, que condensan a su vez una experiencia vital e invitan a acceder a una realidad siempre presente, pero de la que no solemos preocuparnos de ordinario. Una vez despertado tu espíritu, una vez recibido el consejo, cierra el libro, olvida lo que has leído y deja que la oración brote en tu corazón.

El conjunto constituye un «retiro», como solemos denominar a esos días que nos tomamos de vez en cuando para recobrar el sentido de lo esencial. Pero, ¡cuidado!, no estereotipemos la experiencia. Si me preguntas: ¿«Qué tengo que hacer»?, me veo obligado a responderte: Descúbrelo tú mismo... Este libro puede ayudarte a ello». Un «retiro» no es una serie de ejercicios, fijados de antemano y de una vez por todas, que bastara con seguir fielmente para sacar de ellos el fruto esperado. Aun cuando se haga en grupo, requiere una creación personal: la de un ser que vive y que busca la voluntad del Espíritu. Quien se sirva de este libro aprenderá a presentarse por sí mismo delante de Dios, ya sea que haga el retiro con otros o lo haga solo y «en la vida corriente», como afortunadamente va siendo cada vez mas habitual.

El hilo conductor de la experiencia lo constituyen los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola. Pero es preciso aclarar en que espíritu se toman los mencionados Ejercicios, cuyo fin consiste en conducir a la libertad espiritual a quien los hace. Los Ejercicios contienen una serie de consejos y un «itinerario». Podríamos decir que son unas reglas para hallar la libertad. Es decir, que quien los considere como una especie de «grilletes» que impiden la libertad de movimiento, es que no los ha comprendido. Del mismo modo que el músico se somete a un método para permitir que brote la inspiración, así también quien se somete a la escuela de los Ejercicios recibe una serie de reglas y de consejos con el único fin de que pueda descubrir la libertad de servir y amar a Dios en todas las cosas. Y podré constatar que el camino seguido es bueno para esa libertad y esa paz que en ellos va detectando.

Este hilo conductor querría aplicarlo yo especialmente a la Escritura. Desde que comencé mi actividad pastoral, siempre tuve presente el consejo que me dio un profesor de un seminario que hizo los Ejercicios conmigo. «Debería releer la Biblia con los ojos de un ejercitador de Treinta Días». y así lo he hecho. Y me ha servido de inestimable ayuda. He llegado a redactar un librito de cien páginas, Biblia y Ejercicios, que nunca he publicado, pero que me inspira continuamente. De hecho, no veo como podría encontrarme a gusto en unos Ejercicios sin esta constante referencia a la Palabra de Dios y sin tener en cuenta la gran Tradición espiritual de las Iglesias Oriental y Occidental que la comentan. Entre los frutos que los ejercitantes que he conocido en tantísimos años me dicen haber sacado de los Ejercicios, destacaría estos dos: la libertad para resituarse ante Dios, suceda lo que suceda, y el gusto de orar con la Escritura. Nada puede agradarme tanto, porque ello expresa lo que siempre he intentado al desempeñar mi ministerio.

Llegará el día en que, tras haberse servido de estas páginas, el ejercitante ya no sienta la necesidad de recurrir a ellas. Le bastará con el libro de la Palabra de Dios, del que ya no podrá prescindir y en el que no dejará de descubrir el camino que le conduce a Dios.

A los catorce años de haberlo escrito, he releído este libro en orden a su reedición. Y he descubierto que conserva su valor tal como está. Lo único que he hecho ha sido rehacer las primeras páginas de consejos previos. Por lo que se refiere al resto, he mantenido la presentación en días o jornadas, con sus respectivas notas de orientación general, sus advertencias acerca de la oración, sus textos bíblicos para ayudar a la misma y, por ultimo, sus consejos referidos al discernimiento.

Cuando publiqué estos «Diez Días» por primera vez, me preguntaba si no seria conveniente facilitar también las notas de las que me sirvo para dar los Ejercicios de Treinta Días. Hoy ya no me hago esta pregunta, porque la presente «Guía espiritual. puede servir perfectamente para ese fin. La materia es la misma. Lo único que difiere es el ritmo, que ha de ser ralentizado en orden a una asimilación más profunda.

Para acabar, quisiera repetir lo que dice Ignacio al presentar su libro de los Ejercicios: todo esto no son más que ejercicios, ensayos, sugerencias, invitaciones a caminar y maneras diversas de disponerse a la acción del Espíritu «para buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de la propia vida» [EE, 1]*.

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* En adelante, todas las citas que aparezcan entre [...] se referirán a la numeración del texto de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio.

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Consejos previos

En estas primeras páginas nos limitaremos a dar una serie de consejos previos que retornaremos y desarrollaremos a lo largo del libro. Pero conviene tener desde el principio una visión de conjunto de los mismos, porque constituyen el fundamento pedagógico de los Ejercicios. Tales consejos se refieren, a la vez, a la oración, a la ayuda que debe esperarse del ejercitador, al esfuerzo exigible al ejercitante y al itinerario que se propone.

Es importante tomarlos como lo que realmente son: un simple medio para disponer el corazón. Lo esencial es la acción del Espíritu Santo, en la que el hombre no debe tratar de interferirse mediante un esfuerzo de la voluntad o de la mente. Tampoco bastaría con una enseñanza meramente externa. Nadie puede hacer por otro una experiencia del amor. El misterio del encuentro no deja de ser un secreto de cada uno. «Entra en tu cámara, dice Cristo, donde el Padre ve en lo secreto» Es la ley de todo amor, tanto del amor a Dios como del amor a otra persona. Cuando te dispongas a acogerlo, cierra tu puerta con llave, ama y haz lo que quieras.

En suma: se trata de prepararnos a recibir algo que no procede de nosotros y sin lo cual, no obstante, la vida no es vida. ¿Quién puede vivir sin amar? ¿Qué cristiano puede vivir sin buscar a Dios y su voluntad? Y, sin embargo, no puedo proporcionarme a mi mismo aquello de lo que más imperiosamente tengo necesidad. Esta constatación es el punto de partida de toda la experiencia. ¡Ven, Señor, a colmar el deseo que Tú mismo has despertado en mi!

Esta serie de consejos pretenden ponernos en el camino de las disposiciones que le abren a uno a la acción del Espíritu; de un modo particular, pretenden enseñarnos a aceptarnos a nosotros mismos. Lo cual dista mucho de la resignación pasiva. La aceptación de uno mismo se corresponde con la indiferencia exigida por san Ignacio para entrar en los Ejercicios. Ya iremos aclarando poco a poco su naturaleza. De momento, digamos al menos que es, a la vez, apertura al futuro, confianza en Dios, relativización de todas las cosas con respecto a lo esencial, y deseo de ser «campo de experiencia del Espíritu Santo» (Teilhard). No sé lo que resultará de todo ello, pero me ofrezco por entero, en la seguridad de que Dios está siempre conmigo...

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1. LA ORACIÓN

ORA/CONSEJOS:

Lo importante en la oración es comenzar como es debido. «Antes de entrar en la oración, repose un poco el espíritu, asentándose o paseándose..., considerando a dónde voy y a qué» [239]. En estos primeros momentos, hay que apaciguar el cuerpo, concentrar el espíritu y abrir el corazón. Hay que hacer realidad el «Descálzate» dirigido a Moisés (Ex 3,5) y el «cerrar la puerta» del Sermón de la montaña (Mt 6,6).

Muchos imaginan que el preparar la oración consiste en fijar un tema y concretar los puntos, como si se tratara de hacer a continuación una disertación según el plan previsto. De ese modo hacen de la oración una operación intelectual. Lo que conviene es, sencillamente, fijar la atención del espíritu en tal o cual punto, a fin de no quedarse en vaguedades. «Por dónde comenzar», dice con mucha frecuencia san Ignacio. De este modo el espíritu conserva la paz, sin andar «mariposeando» aquí y allá. A este objeto proponemos textos escriturísticos, no para que se tomen todos ellos, sino para que cada cual escoja el que más le convenga y no deje a su espíritu errar sin rumbo.

Hay ejercitadores que quieren decirlo todo, con lo cual atiborran el espíritu y no dejan sitio al Espíritu Santo. Y hay ejercitantes que hacen lo mismo: desean que se les ofrezcan múltiples explicaciones, al objeto de asegurarse materia abundante o prevenir el aburrimiento. Unos y otros olvidan el objetivo de estos preparativos: dejar «que el mismo Criador y Señor se comunique a la su anima devota, abrazándola en su amor y alabanza y disponiéndole por la vía que mejor podrá servirle adelante» [EE, 15].

El cuerpo desempeña su propio papel en esta preparación. Su postura no es algo indiferente en relación a la calidad de la oración. No es preciso ser un ferviente partidario del «yoga» o del «zen» para experimentarlo. Basta con que nos fijemos en nuestro propio trabajo: éste nos resulta tanto mas fácil cuanto mas distendido está nuestro cuerpo. Por eso aconseja Ignacio «entrar en la oración, cuándo de rodillas, cuándo postrado en tierra, cuándo supino rostro arriba, cuándo asentado, cuándo en pie, andando siempre a buscar lo que quiero» [EE, 76]. Si una determinada postura me va bien, ¿por qué cambiarla?

Una vez apaciguados el espíritu y el cuerpo, resulta posible la verdadera atención, la que puede ser duradera porque no fatiga. Hay motivos para preguntarse si todo marcha como es debido cuando entramos en la oración tensos y nerviosos. La tensión es señal, muchas veces, de que nos fiamos únicamente de nuestro propio esfuerzo y no sabemos de veras lo importante que es estar distendido para conseguir hallarse más presente. Es el momento de cambiar nuestro proceder.

Cuando hemos conseguido serenar todo nuestro ser, conviene pedir a Dios lo que deseamos: el don de entender las cosas y el gusto interior que nos permite penetrar en ellas con el corazón. «¡Ojalá descendieras, Señor! ¡Ven, Señor, ven a visitarnos!»: esto es lo que, bajo diversas fórmulas, piden los orantes en la Biblia. En este sentido, las oraciones litúrgicas nos sirven de estupendo modelo. ¿Por qué no servirnos de ellas al principio de la oración? Esas oraciones despiertan y educan el deseo, y responden perfectamente a lo que observa Pablo: «EI Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene, mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26). Muchos de nuestros intentos de orar resultan vanos porque no dejamos que se exprese así el deseo en nuestros corazones. «Pedid y recibiréis», dice el Señor; pero inmediatamente antes había dicho: «Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre» (Jn 16,24).

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ORA/LECTURA: Son muchos los que se sienten paralizados ante la idea de permanecer una hora en oración durante tres o cuatro veces al día. Por supuesto que es importante no lanzarse a la aventura sin haber caída en la cuenta de qué es lo que nos hace capaces de perseverar en la misma. Unos se imaginan la oración como un encuentro silencioso con Dios, y por ello desprecian los libros o las ideas que se les proponen; a otros les da miedo «abandonarse» y necesitan tener un libro a su alcance. Pero, en realidad, la oración es fruto de una tensión entre dos elementos opuestos que, poco a poco, van armonizándose: la lectura y la plegaria. Lectio et oratio, ha dicho siempre la Tradición.

La lectura es necesaria; pero no cualquier lectura. Se nos ofrecen muchos libros que, según me temo, nos alejan de la oración o nos quitan las ganas de orar. De hecho, no conozco más que un libro plenamente apropiado: el de la Palabra de Dios. Y ello con tal de que no lo convirtamos en un objeto de estudio. La exégesis y la teología son útiles, pero únicamente para preparar el camino. Llegado el momento de orar, el libro ha de ser tomado como si de un sacramento se tratara. A través de las múltiples palabras y los diversos relatos, que son otros tantos signos sensibles de una realidad invisible, intento escuchar la única Palabra, la del Verbo, que, a través de su carne, me conduce a la Divinidad. No me detengo en el detalle más o menos curioso, sino que prescindo de esas cuestiones que excitan mi curiosidad. En la fe de mi corazón que desea y en la presencia del Dios a quien busco, recibo la palabra que debe alimentar mi oración. Leo, naturalmente; pero lo hago en la tranquilidad propia de un espíritu que está seguro de que Dios desea encontrarse con él. Leo el tiempo necesario para que mi ser quede penetrado de lo que leo y para poder repetírmelo a mi mismo sin esfuerzo.

Cuando la palabra me ha agarrado suficientemente, entonces la oración sucede a la lectura. Al igual que esa joven que, en el pórtico norte de la catedral de Chartres, representa la vida contemplativa, también yo experimento la necesidad de cerrar el libro y «rumiar»a lo que he leído o, mejor, a imitación de María, meditar las cosas en mi corazón. Porque, como dice Ignacio, «no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente» [EE, 2]. El salmista evoca frecuentemente ese momento en el que el orante, a lo largo de sus noches en vela, repite con deleite el nombre de Dios o un determinado pasaje de su Ley (Ps 62; 118; etcétera). Poco importa el nombre que haya que dar a esta oración: meditación, contemplación, aplicación de sentidos, modos de orar... Nos hallamos bajo la acción del Espíritu, que nos hace gustar la palabra para que se convierta en nuestra luz y nuestra fuerza. Verificamos lo que, en su Primera Carta, llama Juan «la unción del Santo» (1 Jn 2,20), por la que la palabra proferida en el exterior y recibida en la fe se nos transforma en interior, haciendo inútil toda enseñanza. Algo así es lo que acontece en ese paso de la lectura a la oración.

Al mismo tiempo, la tensión entre ambos actos—la lectura y la oración—es lo que hace verdadero o no aquello que acontece. La Palabra es recibida como una norma objetiva, una regla de fe. La oración nos permite penetrar en ella de tal manera que se nos convierta en personal. Pasando sin cesar de una a otra, voy progresivamente descubriendo lo que el Espíritu realiza en mí, sin necesidad de correr el riesgo de fiarme de mis sentimientos o de mis interpretaciones subjetivas. Llegado el momento, ese sentido interior que el Espíritu forma en mi me permitirá conocer con certeza, gracias al «olfato» que en mi va desarrollando, hacia dónde me inclina la voluntad de Dios.

De este modo, al despertar el sentimiento, la oración no me hace replegarme en mis estados anímicos. Si así lo hiciera, es señal de que no es una búsqueda de Dios. Gracias a esa constante transición de la lectura a la oración y de la oración a la palabra, hay en la verdadera oración algo denso, compacto, sólido, que permite acceder a la vida de fe y habitúa al ser humano a dejar de considerarse el centro y a juzgarlo todo según el superior criterio de la voluntad de Dios.

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Y del mismo modo que hay que comenzar como es debido, también hay que acabar debidamente, llegado el momento. San Ignacio habla, a este propósito, del «coloquio., que «se hace, propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un siervo a su señora [EE, 54]. E! prototipo podría serlo la conversación de Moisés con Dios, a propósito de la cual se nos dice que «el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo. (Ex 33,11). O mejor aún, la conversación de Jesús con su Padre, cuando se retiraba a orar al desierto. Es la oración del corazón. Al principio se invitaba al espíritu a apaciguarse, para que el corazón pudiera abrirse a la palabra y gustar a Dios; al final, se invita al corazón a apaciguarse igualmente en el sentimiento que Dios haya despertado en él. Es una conversación en la que cada cual habla o se calla, según prefiera, pero siempre desde un inmenso respeto por el amor. En este momento no hay reglas que valgan. Cada cual es para si mismo su propia ley; cada cual descubre el modo concreto en que Dios se le comunica. El lenguaje de la oración se convierte en el lenguaje de la libertad, del amor y de la relación. Y al final, viene el silencio en la oración, la admiración y el agradecimiento

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ORA/PERSEVERANCIA: Hay una ley elemental en el arte de orar: la de la perseverancia. Dudo de que alguna vez lleguemos a saber lo que es la oración si no nos hemos decidido a pagar el precio exigido: perseverar en ella y volver sobre ella una y otra vez, sean cuales sean las dificultades que se encuentren en el camino.

Y las dificultades las hay de todo tipo, y hasta pueden ser contrapuestas. Unas veces es el entusiasmo, que nos hace concebir proyectos ilusorios; otras veces, el aburrimiento y hasta la repugnancia, que nos impulsa a abandonar. Hay que pasar por toda esta serie de oscilaciones para llegar a establecerse en la solidez de la fe, que no se da a la oración por el dulzor que en ella pueda encontrar, sino porque Dios es Dios y uno desea encontrarlo.

Lo esencial consiste en llegar a esta profundidad de fe. Todo lo demás—lecturas, proyectos de vida, discusiones, observaciones y notas—podrá ser útil, pero no deja de ser secundario. Yo me ofrezco a Dios «con grande ánimo y liberalidad, ...con todo mi querer y libertad» [EE, 5]. Me entrego a él «con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente y con todas mis fuerzas. (Mc 12,30) y acepto estar ante El desarmado e indefenso, sin otra cosa que mi vida tal como es. Esta fidelidad es la traducción concreta de la certeza de que, si se lo pedimos, Dios puede transformar el pobre ser que somos cada uno de nosotros.

Perseverar durante unos Ejercicios viene a significar, en la práctica, cuatro horas de oración diarias, e incluso cinco, si —conforme a una sugerencia de san Ignacio—el ejercitante experimenta el deseo de levantarse por la noche para orar.

Semejante exigencia solo puede cumplirse si, además de lo ya dicho, añadimos que cada cual debe tener en cuenta sus posibilidades. Quien desee realizar inmediatamente este ideal corre el riesgo, si cuenta únicamente con sus propias fuerzas, de abandonar muy pronto el empeño, lleno de desanimo o de crispación. A lo que hay que aferrarse es a la dulzura del Espíritu. De ahí la flexibilidad del horario. Según Ignacio, es al objeto de que «el ánimo quede harto» por lo que hay que tratar de permanecer una hora entera en el ejercicio, «y antes más que menos» [EE, 12]. Ya se hagan los Ejercicios en grupo o individualmente, cada cual deberá ir descubriendo su propio ritmo. Y en este sentido, Dios, que «conoce mejor nuestra natura, ...da a sentir a cada uno lo que le conviene» [EE, 89].

La aceptación de la perseverancia le permite a uno pasar del plano intelectual al espiritual, de la enseñanza recibida a la experiencia realizada. Quien se contenta con escuchar una conferencia y reflexionar después sobre ella, se verá tentado a discutir mentalmente las ideas recibidas. De este modo, el provecho será indudablemente aparente o pasajero, porque lo que se hace es sacar adelante la propia verdad, en lugar de dejarse atraer por la verdad misma. Si nos tomamos el debido tiempo, no podremos quedarnos en esa fase, sino que será obligado que pasemos a Dios y nos remitamos a El.

No nos dejemos acuciar por el deseo de saberlo todo de antemano, como si quisiéramos asegurarnos a todo riesgo. Nos basta con vivir plenamente el momento presente. Y es que sucede con la oración lo mismo que ocurre con la libertad: sólo conoceremos su naturaleza si nos ejercitamos en ella día tras día.

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2. EL ACOMPAÑAMIENTO

DIRECCION-ESPIRITUAL: Para que pueda proseguirse, semejante experiencia requiere el acompañamiento de otra persona, porque tal experiencia despierta necesariamente, en quien la emprende, una serie de diversos movimientos o «emociones» en los que, sobre todo al principio, resulta difícil reconocerse a sí mismo y se corre el riesgo, debido al efecto de sentimientos opuestos o a la ausencia de todo tipo de sentimientos, de incurrir en el desánimo o en la exaltación inconsiderada. Hay que perseverar, pero no de cualquier manera. Un «consejero» resulta de inestimable ayuda para aprender, en los hechos mismos que se producen, la manera de actuar del Espíritu, que une suavidad y fuerza y que, deseoso de que alcancemos nuestro punto exacto de sazón, nos permite afincarnos en la paz y esperar de Dios el resultado de nuestros esfuerzos.

Digamos, ante todo, con qué espíritu hay que aceptar dicho acompañamiento, aunque mejor seria llamarlo «diálogo espiritual», dado que supone una confianza recíproca. El acompañamiento responde a la necesidad de que tanto el ejercitados como el ejercitante «más se ayuden y se aprovechen» [EE, 22]. No hay uno que dirige y otro que se somete. Ambos, aunque desde diferentes puntos de vista, tratan de descubrir juntos la acción del Espíritu Santo.

Y ello aun cuando los Ejercicios se hagan en grupo. El objetivo de los «puntos» no consiste en hacer una exposición doctrinal, aunque es verdad que hay una doctrina que subyace a todo el conjunto. Lo que pretenden los «puntos» es, a partir de la enseñanza impartida, embarcar al ejercitante en una experiencia e indicarle, en la medida de lo posible, los medios para llevarla a término.

De una parte y de otra se requiere una determinada actitud. Jesús, que alertó acerca de la manera de escuchar, bien podría haberle dicho al ejercitador: «¡Cuidado con tu manera de hablar!» No hay que intentar decirlo todo, sino, a partir del texto en cuestión, insinuar una serie de sugerencias, de «puntos», de entre los que el ejercitante escogerá los que más le convengan. Se trata de decir pocas cosas, pero que sean sugerentes; y, sobre todo, se trata de respetar la objetividad de la Palabra de Dios. Lo cual no significa que el ejercitador deba adoptar una actitud fría e impersonal. Debe haber saboreado él mismo, personalmente, la palabra que propone.

Creyendo firmemente que el Espíritu habita el corazón de los bautizados, deberá permitir que se transparente su vida más profunda, a fin de que, al contacto con ella, puedan otros despertarse. Pero no deberá extenderse en «elucubraciones», por muy brillantes que puedan ser, sino que habrá de remitirse al Espíritu, capaz de hacer que cada cual escuche la palabra apropiada. Y al mismo tiempo, aprovechando su experiencia, dará los consejos que considere útiles a medida que vayan avanzando los Ejercicios. Consejos que no dispensan del contacto personal, sino que permiten que éste sea más ágil y mas preciso. Esta enseñanza impartida en común tiene la ventaja no sólo de ahorrar tiempo, sino también de propiciar el que todos tengan acceso a unos puntos de vista que una conversación privada tal vez no permitiría abordar.

Pero, por otra parte, hay que hacerle ver al ejercitante que hay una buena y una mala manera de escuchar. La buena manera es la de la cuarta clase de terreno de la parábola del sembrador: un corazón despejado de obstáculos, abierto y sosegado, en el que las palabras escuchadas despierten una verdad ya poseída, pero que se hallaba como dormida. Mientras se escucha, no hay que empeñarse en retenerlo todo ni en tomar unos apuntes exhaustivos, sino en mantener el corazón dispuesto de tal manera que sea capaz de atrapar al vuelo lo que el Espíritu quiere hacerle oír. Se trata de una escucha silenciosa, distendida y sosegada, que se verá tanto más favorecida cuanto más distendida y fraterna sea la atmósfera del grupo. En suma, se trata de que cada uno de los que escuchan se establezca en un profundísimo silencio, a fin de que el corazón pueda dirigirse al corazón.

Esta manera de actuar presupone el que, de una parte y de otra, se dé el convencimiento de que el verdadero maestro es el que habla al corazón, no a los oídos. Si no buscamos más que discutir o si nos mantenemos a la defensiva, como desconfiando el uno del otro, «¡cuántos se irán sin haber aprendido nada!» (san Agustín). En resumidas cuentas: aunque no haya diálogo verbal durante la exposición de los puntos., no por ello dejan de ser éstos el compartir mutuo de una verdad de la que todos somos discípulos. Yo, que hablo, te doy a ti lo que tengo y lo que soy. ¿Qué harás con ello? No lo sé. Me entrego a ti incondicionalmente, diciéndote lo que me ha sido inspirado. Por tu parte, ábrete sin reservas. A nadie le mueve la curiosidad. Mantente humilde en tu esfuerzo de atención, evitando que la oscuridad te produzca crispación. El Señor suprimirá esa oscuridad a su debido tiempo, si se lo pides.

Por lo general, parece que es suficiente con una sola exposición de «puntos» por día. Tal vez, el mejor momento es por la mañana, cuando el espíritu está fresco y dispuesto y la palabra escuchada tiene menos peligro de interferir el movimiento de la oración personal ya iniciada. Si se ve conveniente, unos cuantos minutos por la tarde permitirán reavivar la atención o anunciar el tema del día siguiente. Sea como sea, la distensión y el buen humor deberán marcar esos momentos.

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Además de los «puntos», está el contacto personal, el cual es obligado, como es obvio, cuando los Ejercicios se hacen individualmente, pero que es preciso propiciar también cuando se hacen en grupo. Podría discutirse interminablemente acerca de cual de las dos formas de hacer los Ejercicios (individualmente o en grupo) es preferible. La verdad es que una y otra forma tienen sus ventajas y sus inconvenientes. Cada cual tendrá que ver lo que prefiere y optar en consecuencia, sin dejarse llevar por la «moda» del momento.

¿Cual es el objeto de este contacto personal? El mismo que el del «examen», del que hablaremos enseguida. ¿Por qué hablar de todo? Porque es sumamente importante que caigamos en la cuenta de la manera en que nos comportamos o, como dice Ignacio, «de las varias agitaciones y pensamientos que los varios espíritus le traen» [EE, 17], de las luces que se van recibiendo, de los obstáculos que se vea que alienan nuestra libertad. De cualquier modo, cada cual deberá saber sobre qué quiere hablar. El ejercitador debe mantenerse más bien a la expectativa; su papel consiste en «recibir» aquello que le es confiado y, si puede, reaccionar en consecuencia. Existe el riesgo de que algunos se sientan desconcertados por este silencio y preferirían que el ejercitador les preguntara cosas concretas. Semejante actitud debe ser reconocida como una señal de que existe algún obstáculo interior que convendría esclarecer, lo cual no hará sino que uno y otro (ejercitador y ejercitante) sean en lo sucesivo más libres.

Esta manifestación de los pensamientos pertenece a una larga tradición que desborda los limites del cristianismo: la del «maestro espiritual». Una tradición que se funda en la ley de toda educación verdaderamente profunda: nadie se forma por sé solo.

¿Existe alguna norma acerca de la frecuencia de estos contactos? En algunos casos lo más conveniente será tener una serie de breves entrevistas, tal vez una cada día o, en todo caso, tanto más frecuentes cuanto menos experiencia tenga el ejercitante de este tipo de «acompañamiento». A otras personas, mas habituadas a ello, les resulta suficiente una conversación de vez en cuando. Lo que es cierto es que, si se celebran en el momento adecuado, estos encuentros sirven para evitar muchos errores, desalientos, pasos en falso y pérdida de tiempo. Y conviene añadir que es muy útil atenerse a la norma que uno se haya fijado al comienzo. A algunos puede resultarles fastidioso tener que mantener cotidianamente este diálogo que, en determinados días, les parece que no les supone provecho alguno. Pero, al igual que en la oración, también en este punto es preciso perseverar en la fe.

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Hay ejercitantes que se preguntan si, cuando se hacen los Ejercicios en grupo, no resultarle útil mantener reuniones en las que se comparta y se dialogue en un clima de fraternidad. Por la experiencia personal que yo tengo al respecto, soy más bien contrario a este modo de proceder, sobre todo si los Ejercicios buscan un objetivo concreto, como es, por ejemplo, }a elección de «estado de vida». Por lo demás, tanto en este caso como en otros muchos, la experiencia comunicada por otros tiene el peligro de interferir y obstaculizar la propia dinámica personal, sobre todo cuando uno no está aun muy seguro de si mismo.

De todos modos, ya sea que este diálogo se haga durante los Ejercicios—lo cual es preferible—o después de éstos, con los amigos o con la propia comunidad, parece conveniente hacer algunas observaciones al respecto.

En primer lugar, es preciso que cuantos participen en el dialogo lo hagan espontáneamente; pero no conviene que haya «oyentes por libre» u observadores únicamente interesados en ver qué es lo que ocurre. Este dialogo ha de ser un ejercicio espiritual en el que, como en la oración, cada cual se compromete tal como es.

Para «recibir» lo que dice el otro y comunicar los propios pensamientos, no estará de más que, antes de comenzar, se centre uno en el silencio de la oración. Un silencio fecundo, lleno de esa fe que tenemos en el Espíritu que inspira a unos y a otros. Esto es una condición ineludible para un buen dialogo.

En segundo lugar, si a lo largo del diálogo siente alguien la necesidad de hacer una observación o una pregunta, deberá hacerla a partir del mencionado silencio, y no para oponerse o para discutir, sino para «recibir» mejor lo que dice el otro o para permitirle que se exprese mejor.

Este tipo de dialogo no es para sacar conclusiones ni para hacer ningún balance. No se trata de juzgarse a si mismo ni a los demás, sino de aceptarse mutuamente, con la dinámica que el Espíritu suscita en cada cual. La finalidad de este dialogo no consiste en hacerse con un «capital» espiritual del que poder hacer uso en lo sucesivo, sino en aceptarnos tal como somos. Esta experiencia, que se hace por sí misma y que es incomunicable en el fondo, cambia nuestro modo de vivir nuestras relaciones ordinarias y nos sitúa en el plano de la fe. Al igual que ocurre tras la participación eucarística, la vida sigue siendo la misma, pero ya no se ven las cosas de la misma manera.

Y añadamos un ultimo consejo: conviene que el grupo no exceda de siete u ocho personas. Un grupo más numeroso tiene el peligro de no permitir que todo el mundo se exprese cómoda y libremente.

También puede suceder que los mas habituados a hablar monopolicen el uso de la palabra y que el diálogo, en lugar de ser una puesta en común, se convierta en una discusión ideológica. Si se hace, todo el mundo debe estar en situación de igualdad.

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Al concluir este apartado sobre el «acompañamiento», no estará de más subrayar la ayuda que este libro puede aportar a quien se vea inclinado a hacer sus Ejercicios totalmente a solas; sin nadie que le acompañe. Como es de suponer que tenga una suficiente experiencia de la vida espiritual, deberá conservar su libertad respecto de los consejos y, sobre todo, los textos que en este libro se proponen. Tiene una inmejorable oportunidad de escoger los que mas le atraigan. Personalmente, cuando yo he hecho los Ejercicios a solas, he recurrido al Éxodo, a los Salmos, a ciertos textos litúrgicos, a San Juan, al Cantar de los Cantares y a otros libros de la Escritura. En estos casos, el presente libro sirve únicamente de instrumento de verificación de la experiencia.

La regla consiste en no ser esclavo de ninguna fórmula. «He dado unos Ejercicios del mismo modo que los da usted», me ha dicho más de uno, «y la cosa no ha funcionado...» «No me extraña nada», he respondido. «Es señal de que lo que yo le he dicho, y usted ha recibido de mi, no le ha servido para ser más usted mismo»

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3. EL ESFUERZO ESPIRITUAL

ORA/ESFUERZO-ESPA: Si hay una razón que justifique el «acompañamiento», es que la «aventura» que se propone en los Ejercicios no puede vivirse sin realizar un esfuerzo. Eso sí, no se trata de cualquier esfuerzo. Son muchos los que se dejan engañar por su misma generosidad. Imaginan que todo puede lograrse a base de voluntad y se lanzan a tumba abierta a la oración, pero sin haber sopesado previamente sus posibilidades y sin el más mínimo sentido del discernimiento.

Ahora bien, precisamente las largas horas de oración y el absoluto silencio en que nos sumergimos hacen que en el espíritu surjan pensamientos o «mociones» de los que anteriormente no teníamos ni idea. La soledad desempeña aquí el papel de «reveladora». A partir de ella, toda nuestra «madeja» interior se desembrolla y se vuelve a embrollar. En nuestras confusiones y distracciones, en el despertar de nuestros deseos, ¿qué cosas son reacciones psicológicas y qué cosas son el inicio de una moción espiritual? Todo se da al mismo tiempo. Cada cual revela lo mas profundo de su propio ser, de lo cual no tenia la menor idea en su vida ordinaria.

Muchos dicen: «hay que orar la propia vida» ¿Y qué es esa vida de la que pretenden hacer oración? ¿Significa ir a Dios el llevar a la oración las propias decepciones, las propias amarguras, las propias críticas y los propios juicios sobre los demás? Por alguna parte hay que empezar. Digamos, al menos, que orar la propia vida es ofrecerse, con toda la propia complejidad humana, para que Dios la purifique y la ilumine. O digamos, con san Ignacio, que es «pedir gracia a Dios nuestro Señor para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina Majestad» [EE, 46]. Entonces comienza el verdadero esfuerzo espiritual.

No basta con quedarse al nivel del acontecimiento o de la reacción provocada por éste. He de descender a lo más profundo de mí para captarme en mi capacidad de ser y de amar y, al mismo tiempo, he de pedir al Espíritu que penetre en esa mi profundidad y cree en ella una mirada y un corazón nuevos. Lo que de mí depende no es cambiar a voluntad, sino suplicar: «¡Crea en mi, oh Dios, un corazón puro!» La vida a la que yo aspiro es creación del Espíritu. Por eso, mediante un acto de verdadera libertad, debo entrar en ese lugar secreto del corazón en el que soy yo mismo, sin preocuparme de las miradas de los demás ni de las fórmulas que deba emplear, con la seguridad de que Dios ve en lo secreto y ha de darme el don del Espíritu.

La generosidad—una de las palabras más equivocas del lenguaje espiritual—no consiste en provocar en uno mismo grandes sentimientos, aunque sea al servicio de las más nobles causas, sino en aceptar descender a lo más hondo de uno mismo para verse tal como uno es y presentarse al Señor, a fin de que El realice en uno su obra. Mi libertad, reconocida como el primer don que Dios me ha otorgado para permitirme ir a El, se ofrece a la gracia para quedar un poco más liberada gracias a ésta y, de ese modo, poder ofrecerse sucesivamente a nuevos progresos.

Hay personas a las que este lenguaje les resulta un tanto curioso y extraño, y querrían que se les indicaran unos objetivos concretos y unas determinadas prácticas que realizar. Están esas personas habituadas a vivir según el pensamiento de otras, e ignoran este lenguaje de la libertad y la aceptación de sí. Sin embargo, únicamente en la medida en que una persona desarrolle su propia personalidad, sobre todo en el terreno de la relación y del amor, podrá ofrecer asidero a la gracia. Todo está enlazado: la presencia a uno mismo es condición para la presencia ante Dios, ante los demás y ante la vida. La preocupación por la vida espiritual no debe llevar a la huida o al desconocimiento de la naturaleza, so pena de originar los más graves desastres y desengaños.

Esto es particularmente cierto respecto de la afectividad. El esfuerzo realizado en la oración supone y pone en movimiento dicha afectividad. Pero al amor no se accede del mismo modo que se accede al objeto de la ciencia, porque se dirige a una persona viva, a la que se conoce gracias a sucesivos acercamientos del corazón. Desde este punto de vista, es correcto afirmar que quien no entiende el lenguaje del amor humano difícilmente entenderá el lenguaje del amor de Dios. Las crisis de la vida religiosa tienen muchas veces su origen en el desequilibrio de una afectividad retardada o mal desarrollada.

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En suma, ¿cómo concebir el esfuerzo espiritual? Como huida de la autocomplacencia y del repliegue en uno mismo. El verdadero esfuerzo espiritual es aquel por el que una persona intenta salir de si para apegarse a otra. El placer que entonces acompaña al don de si o al encuentro con el otro es un placer bueno y querido por Dios.

Pero, si trato de hacer renacer ese placer sin que haya ningún objeto que lo suscite, estaré cometiendo una impureza. Mi esfuerzo consistirá en aceptar las necesarias purificaciones que la vida o las dificultades de ésta le imponen a una afectividad aún vacilante. Y no trataré de eludirlas, porque a través de ellas voy llegando progresivamente a amar a Dios y al otro por si mismos. Al igual que sucede con el crecimiento en el amor, este esfuerzo nunca tiene término.

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EXAMEN-DE-CONCIENCIA: Para favorecer diariamente este esfuerzo y ayudar al dialogo espiritual que le sirve de garantía, nada más útil que esa experiencia que la tradición denomina examen de conciencia, cuya naturaleza hemos deformado o hemos malinterpretado con demasiada frecuencia. Por supuesto que para corregirse de un defecto o adquirir un habito, o simplemente para desarrollar la capacidad de atención, es bueno reservar, a lo largo del día, unos momentos para detenernos, serenarnos y tomar nota de nuestros avances y retrocesos. De este modo aprende la mente a concentrarse en un objeto y a garantizar la continuidad en medio de la dispersión de la vida. Pero no es preciso ser cristiano para actuar así. También ha habido paganos y sabios en la antigüedad que hicieron este tipo de examen de conciencia. Tal vez tengamos hoy una excesiva tendencia a desdeñar esta ascesis, porque pensamos que no es posible buscar a Dios desde una existencia disgregada y carente de consistencia.

Dicho esto, el ejercicio en el que estamos pensando es otra cosa. Es un medio para mantenerse a disposición del Espíritu Santo a partir de lo que uno vive. Es algo relacionado con lo que más arriba llamábamos la «manifestación de los pensamientos en el dialogo espiritual». No se trata de analizar ni de replegarse sobre uno mismo—una especie de narcisismo espiritual—; tampoco se trata de un esfuerzo voluntarista de que no se nos pase nada por alto, debido al deseo de una perfección que nadie nos exige, más que nosotros mismos; se trata de una apertura de todo el ser al soplo de Dios, desde la certeza de que el Espíritu de Dios no deja de actuar en nosotros, como no dejó de actuar en Jesús, si nos esforzamos en prestarle atención. Se trata, pues, ante todo, de un reconocimiento cotidiano de la presencia de Dios en nosotros mediante su acción.

Hablando del examen, Ignacio lo describe, en primer lugar, como una acción de gracias. Sólo después podré descubrir mis errores o mis defectos. Y este descubrimiento se convertirá en una ocasión de contar con la misericordia de Jesucristo, que es justicia de Dios para mis pecados y para los del mundo entero (1 Jn 2,2). Nos hallamos, pues, en las antípodas de lo que podría ser un ejercicio que condujera a la falta de confianza en uno mismo o al miedo de obrar. Lo que hace es situarnos en el centro mismo de una libertad que no deja de crecer delante de Dios. Aun en medio de la banalidad de lo cotidiano, experimentamos que «en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman. (Rm 8,28). La múltiple realidad en la que nos vemos sumergidos con el correr de los días se unifica cada vez más gracias a la intención de nuestro corazón, que se renueva y se purifica en el examen.

Si en esta forma de oración que es el examen presto atención a mi vida concreta, no es sólo para descubrir los obstáculos que hay en ésta, sino también para determinar, de entre el abigarrado conjunto de mis pensamientos, cuáles provienen de mi y cuáles son inspirados por el buen o el mal espíritu. Concebido de este modo, el examen forma parte de esa obra de discernimiento que, como dice Pablo, «nos permite discernir, con un amor cada vez más abundante en conocimiento perfecto, lo que resulta más conveniente para ser puros y sin tacha para el Día de Cristo» (cfr. Flp 1,9-10). Como veremos al final de este libro, este ejercicio cotidiano del examen conviene vincularlo estrechamente con la «contemplación para alcanzar amor», al objeto de que, «enteramente reconociendo, pueda en todo amar y servir a su divina majestad» [EE, 233]. Ya no se trata únicamente de una contemplación global de las obras de Dios en el universo, en Jesucristo y en la Iglesia, sino de la aplicación de esta contemplación a la obra que realiza en mí para hacerme acceder a la dinámica del amor.

Es en esta amplia perspectiva como conviene tomar buena nota, y de una manera muy precisa, de las luces recibidas y las mociones interiores que las acompañan ¿Por qué no adoptar, ya desde el comienzo de los Ejercicios, esta perspectiva interior respecto de las motivaciones profundas que me han movido a hacerlos? ¿Qué era lo que yo buscaba? Saber lo que quiero, y saber expresármelo a mí mismo y a un «testigo», puede ser objeto tanto de un examen inicial como de la primera entrevista con el ejercitador. De este modo adquiriré, para lo sucesivo, el hábito de hacerme consciente de cuanto acontece en mi oración y de cuanto la favorece: horario, fidelidad, atmósfera del día, etcétera. Todo se tiene en cuenta y nada queda excluido: nerviosismo, inquietudes, distracciones, gozo y paz, así como el estado de salud física. E igualmente deberé considerar los problemas que me preocupan, porque hay quienes los descartan a priori como un obstáculo, mientras que otros desean integrarlos en su oración. De hecho, el discernimiento se hace a partir de ellos, tras haberlos objetivado; y se refiere más a mi manera de reaccionar ante ellos que a la solución de los mismos. Al cabo de algunos días, si se releen las notas tomadas, se percibirá una dominante. Y si hay que tomar alguna decisión, el discernimiento ayuda a prepararla serenamente.

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La naturaleza de este examen, como la de la oración y la de todo cuanto se refiere a la vida espiritual, sólo se descubre gradualmente. Quien se apresura en exceso y cree haber comprendido inmediatamente de lo que se trata, corre el peligro de hallarse enseguida en un callejón sin salida o de incurrir en esos excesos de los que tan frecuentemente se acusa al examen: escrúpulos, narcisismo, intelectualización, mecanización de la vida espiritual... Nada de esto deberá temer quien no vea en el examen más que un medio para crecer en la libertad, en la autoconciencia y en la disponibilidad interior. Quien así lo vea podrá incluso, con absoluta confianza, aprovecharse de sus errores o de sus pasos en falso, llegará a descubrir progresivamente su propio método y se mantendrá espontáneamente fiel al mismo, porque se encontrará a sus anchas en él. Su misma acción se convertirá en una incesante y simple unión con Dios.

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4. EL ITINERARIO

Antes de emprender la experiencia, digamos unas palabras acerca del «itinerario», que presentamos como un recorrido de sucesivas fases. Con ello no pretendemos hacer otra cosa que descubrir la manera en que Dios se da a conocer a su criatura. La Biblia no es sino la descripción de esa larga aventura a lo largo de la cual la humanidad es introducida en el conocimiento de Dios. Y el Éxodo es el ejemplo más llamativo. En el han descubierto los hombres de espíritu de todos los tiempos—judios y cristianos—la andadura del alma y de la humanidad hacia la Tierra Prometida.

En la práctica, lo que descubrimos son los progresivos avances del bautizado en su crecimiento de fe en Jesucristo: purificación, iluminación y unión con Dios y con sus hermanos. Son las etapas que la liturgia de la Iglesia hace seguir al catecúmeno para iniciarlo en el misterio cristiano. Y no puede haber para nosotros otra andadura distinta de ésta, que es la que reemprendemos cada año a lo largo de la Cuaresma, en la que la Iglesia propone a sus fieles unos verdaderos Ejercicios Espirituales que les renueven en el espíritu del Bautismo y de Pascua.

Los Ejercicios que proponemos no hacen sino condensar esta andadura en un tiempo más o menos limitado. Son cuatro semanas, cada una de las cuales, dice Ignacio, no ha de entenderse que «tenga de necesidad siete u ocho días en si». [EE, 4]. La duración de cada una queda a la discreción de los ejercitantes y del ejercitador, según los frutos que se vea que se recogen.

Ninguna norma es absoluta a priori. La libertad del Espiritu—¡no la fantasía!—es la ley que rige el empleo del tiempo de que se dispone, tanto respecto de la materia propuesta como respecto de la manera de proceder. «Usted, que da tantos Ejercicios a lo largo del año, ¿cómo hace sus propios Ejercicios?., me preguntaron un día unos seminaristas africanos. Y mi respuesta fue: «De un modo muy distinto de como digo a los demás que los hagan. Con esta «salida de tono. pretendía dar a entender que la fidelidad inicial a la normativa proporcionada por los Ejercicios le permite a uno estructurarse espiritualmente y hacerse libre respecto del modo de llevar su vida, sin por ello temer incurrir en una falsa libertad. Quien se somete a su disciplina puede dejarse guiar por el Espíritu.

Lo que es propio de los Ejercicios, e indudablemente marca la vida de quien los adopta como guía es el lenguaje de la elección, de la decisión y de la libertad. La siguiente nota de los Ejercicios revela el espíritu de su autor: «No... se engendre veneno para quitar la libertad... de manera que... las obras y libero arbitrio reciban detrimento alguno, o por nihilo se tengan» [EE, 369]. Lo que pretenden los Ejercicios es formar una libertad que se recibe de Dios, se desarrolla, se entrega y se elige para hacerse dócil al Espíritu Santo. Una libertad que se ejerce en la gracia, según la synergia, que dirían los griegos: acción común de Dios y del hombre. He ahí su más valioso beneficio, que volveremos a encontrar, a lo largo de nuestra vida, en los diversos Ejercicios que podamos hacer. Sin pretender jamás haber alcanzado esa meta, sabemos que el Espíritu no deja de renovar a quienes se confían a él para crecer, en la comunidad de toda la Iglesia, en Cristo Jesús.

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Textos con miras a la oración de estos días

1. LUGAR DE LA ORACIÓN:
EL CORAZÓN (Mateo 6, 5-15)
Retírate a un lugar escondido, solo conocido por ti. No pretendas hacer que te vean y representar un papel o repetir formulas aprendidas. Siéntate tal cual eres ante tu Padre, que te ve en el secreto de tu corazón. La oración es un acto de un ser libre, que sabe ocupar su sitio ante Dios y ante los demás.

2. ACTITUD DE QUIEN COMIENZA:
LA ZARZA ARDIENDO (Éxodo 3, 1-20)
Ante Dios que se te revela como fuego intocable, no pretendas darle vueltas, ni comprenderlo por ti mismo. Descálzate. A Dios no se le sorprende; él se revela, como dos personas se presentan mutuamente. Entonces le conocerás en su misterio, mas allá de todo lo que eres capaz de expresar, y por él serás revestido de tu misión. Ve a presentarte al Faraón. Yo seré palabra en tus labios.

3. FE EN LA SUPLICA (Lucas 11, 9-15)
En esta actitud, podrás pedir lo que tu corazón desea. ¿Como va el Padre a negarte el Espíritu Bueno si tu se lo pides? Porque en nosotros, que no sabemos lo que hemos de pedir para orar bien, el Espíritu vierte gemidos inexpresables (Rm 8, 26-27).

Pide el Espíritu y el creará en ti el deseo.

4. RUMIAR INTERIORMENTE LA PALABRA

PD/RUMIARLA: El creyente recuerda la palabra y se la repite a si mismo: es la memoria del corazón, «escribe mis preceptos en las tablillas de tu corazón». (Prov 7, 3).

«Yo no he olvidado tu palabra» (Sal 119-118).

El la rumia dentro de si mismo para aprender la Sabiduría y hace de ella sus delicias: el corazón es lugar de inteligencia (todo el Sal 119-118) 32

Los ejercicios nos invitarán a recordar, a reflexionar, luego a aplicar la voluntad. Es el ritmo normal de la oración que se aprende en la escuela de la Escritura. En ella encontramos el gusto de las cosas.

5 ¿A QUIEN COMUNICA DIOS LA SABIDURÍA?
A los que reconocen que él es su fuente (Bar 3 a 4, 4).
A los que la piden: oración de Salomón pidiéndola (Sab 8, 7 a 9).
A los pequeñuelos (Lc 10, 21-22).
A los corazones que se abren: el sembrador (Lc 8, 4-15).
A los que viven en el amor fraterno (Mt 5, 23-24; el Cenáculo: Hech 1, 12-14).

«Cuidado con vuestra manera de escuchar» (Lc 8,18). Los Ejercicios
proponen una manera de disponerse a los dones de Dios.
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