Virgen de la Luz

Virgen de la Luz

Virgen de la Luz

La Madre Santísima de la Luz (León, Gto.)

Una imagen llena de bondad

El tesoro ahí conservado es una pintura al óleo que representa a la Virgen María. El rostro de la Virgen brilla con la claridad de los días de mayo: es la Madre Santísima de la Luz.

La Virgen viste una túnica blanquísima ceñida por un cinto de flores estampadas. Sobre su cabeza y sus hombros cae un fino manto azul. Por encima de la Virgen unos serafines sostienen en el aire una corona imperial. Nubes de ángeles y serafines escoltan a la Señora emulándose en servirla. María sustenta en su brazo izquierdo al Niño Jesús, quien lleva en la mano derecha un corazón encendido, al tiempo que con la izquierda toma otro de un cestillo lleno de corazones que le ofrece un ángel puesto de rodillas. La Virgen coge la mano de un joven que representa un alma en peligro de perderse, acechada por las fauces del infierno.

El origen del lienzo milagroso

Los orígenes de la imagen de la Madre Santísima de la Luz se remontan a la ciudad de Palermo, Sicilia. El padre jesuita Juan Antonio Genovesi deseaba tener una imagen de la Madre de Dios para llevarla en sus misiones y ganar muchas almas para el cielo. El incansable misionero la pedía con insistencia a la Virgen en la oración y cuenta que una devota mujer, vidente de la Virgen, solicitó de parte suya a María cómo quería Ella ser representada e invocada (1).

De hecho, la Santísima Virgen se adelantó al deseo del P. Genovesi y a la petición de la mujer, pues se apareció a esta última con grande esplendor de luz y gloria, rodeada de nubes y ángeles y con el Niño Jesús en sus brazos: «Dile que me es grato su obsequioso pensamiento; que tomo bajo mi protección su apostólico ministerio, y que quiero ser representada en la forma que ahora me ves», dijo la Virgen a la vidente (2).

El padre Genovesi encargó a un pintor la obra, pero el artista hizo algunas “aportaciones” de su personal inspiración a las indicaciones recibidas: colocó una media luna a los pies de la Virgen y pintó de rojo el vestido, en vez de blanco, además de omitir los grupos de ángeles que debían rodear a la Reina del cielo. La pintura no agradó a la Virgen, quien pidió que fuese respetada su voluntad y accedió a estar presente durante el trabajo, a fin de que su sierva pudiera orientar al artista en su obra. La Virgen misma dirigiría la mano del pintor, aunque este no la vería.

Pero la buena mujer se ausentó por un tempo de la ciudad para visitar a sus familiares en el pueblo de Bagheria, por lo que se retrasaba la ejecución del mandato de la Virgen. La mujer se enfermó y los médicos le recomendaron que volviera a Palermo para atenderse mejor. La devota comprendió que debía acelerar su retorno a Palermo y cumplir con el deseo de la amable Señora.

En Palermo llamó al pintor y le hizo el encargo. Ella iba describiendo la visión de la Virgen Santísima, mientras que el artista se aplicaba a su labor bajo la guía de la Reina del cielo. La Virgen encontró el cuadro fiel a sus indicaciones y lo bendijo sonriendo. Sucedió en la pequeña Iglesia de San Estanislao Kotska, en la sede del noviciado de los jesuitas en Palermo y la Virgen dispuso que se le invocara con el amable título de “María Madre Santísima de la Luz” y aseguró que colmaría de favores a cuantos la honrasen e invocasen bajo tan dulce nombre. Corría el año de 1722.

El P. Juan Antonio Genovesi murió con fama de santidad en 1743 en Messina, donde era maestro de novicios, mientras se prodigaba en la asistencia a los contagiados por la peste.

Autenticidad del cuadro

La devoción a la madre Santísima de la Luz se extendió rápidamente y los fieles de los pueblos y aldeas pedían con insistencia poder conservar la imagen de la Virgen. Por ello el P. Genovesi escribió la historia de las apariciones y mandó hacer innumerables copias del cuadro. Algunas de estas copias aún se conservan en varias ciudades italianas, así como en España, Venezuela y la California, gracias a la labor misionera de los padres jesuitas.

El cuadro de la Madre Santísima de la Luz que llegó a México y que preside la Iglesia Catedral de León tiene en su revés un letrero que no deja lugar a dadas. El texto reza así: «Esta imagen es la original que vino de Sicilia y que fue bendita de la misma Santísima Virgen […] como consta de una carta escrita desde Palermo a 19 de agosto de 1729 años. Y esta imagen la da el P. José Genovese a la iglesia que se ha de hacer del nuevo colegio, debajo de la condición que se le haga altar colateral en el crucero de la iglesia, según lo prometido del P. Rector Álvarez en carta del 3 de mayo de 1732. Y por ser verdad, lo firman los siguientes Padres, que han leído la carta. (siguen rúbricas) P. José María Genovese, José María Mónaco, Javier Alagua, Francisco Banalli» (3).

La Madre Santísima de la Luz y la Arquidiócesis de León

La ciudad de León fue fundada el 20 de enero de 1576 en el llamado Valle de Señora con la intención de apaciguar y dar instrucción a los indígenas de la región. En mayo de 1731, a pedido del sacerdote leonés Don Ignacio de Aguilar, los padres de la Compañía de Jesús se establecieron en la Villa para fundar un hospicio, un colegio de gramática y una residencia que serviría de sede para los misioneros que hacían su labor en una zona de cien leguas a la redonda.

El padre José María Genovesi(4) -tal vez hermano o pariente cercano del padre Juan Antonio Genovesi- trajo a México la imagen palermitana en 1732. Los padres Jesuitas deseaban que la Sagrada Imagen quedase definitivamente en algún templo de la Compañía y dejaron que el cielo lo resolviese por medio de un sorteo. El sorteo favoreció por tres veces consecutivas a la entonces Villa de León. Se tomó por voluntad de Dios y la Imagen de la Madre Santísima de la Luz llegó a la Villa, el 2 de Julio de 1732, Fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen a Santa Isabel.

El 23 de mayo de 1849 la Madre de la Luz fue proclamada patrona de la ciudad de León gracias a las diligencias del cura-párroco Don José Ignacio Aguado, nacido en León en 1783. Al año siguiente la población entera invocó a su Patrona contra la peste de cólera que se avecinaba, temerosa de las terribles consecuencias que trajo la epidemia 125 años antes. En agosto, ante la gravedad de la plaga, a pesar de las medidas higiénicas tomadas, el párroco hizo en nombre del pueblo el voto de solemnizar anualmente los tres días precedentes a la fiesta de la Asunción de María cantando públicamente las letanías lauretanas. El cólera cesó inexplicablemente…

Su Santidad Pio IX erigió en 1864 el obispado de León y nombró a Don Sollano y Dávalos primer obispo de esta sede, el cual se distinguió por sus dotes de celoso pastor y muy devoto de la Madre de la Luz. Él mismo pidió a la Santa Sede el Patronato de la Madre Santísima de la Luz para su naciente Diócesis. El papa Pío IX lo concedió el 19 de Septiembre de 1872.

El 8 de Octubre de 1902 fue solemnemente coronada la Celestial Señora por el obispo Don Leopoldo Ruiz y Flores (5), gracias a la concesión hecha por Su Santidad León XIII, el 23 de Marzo de 1901. La Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino concedió el 8 de Junio de 1972, para toda la Diócesis, que la Fiesta de la Visitación se siguiera celebrando el 2 de Julio con carácter de Solemnidad.

Su Santidad Benedicto XVI ha elevado la sede episcopal de León al rango de Arquidiócesis, nombrando a monseñor José Guadalupe Martín Rábago como su primer digno Arzobispo. Sin duda, una muestra más de la cercanía y afecto de la Virgen por el pueblo leonés y por el Bajío entero.

Un templo digno de la Madre de la Luz

La creciente devoción a la Virgen y su elección como patrona de la ciudad motivó a la construcción de una iglesia más amplia y noble. Pronto los padres jesuitas iniciaron las obras de la Compañía Nueva, la actual catedral. Adelantaron las obras hasta su expulsión de las colonias españolas en 1767. El edificio se concluyó sólo con la elevación a diócesis y la urgencia del nuevo obispo de trasladar la imagen de la Patrona a la sede definitiva, finalmente consagrada el 16 de marzo de 1866.

Ciertamente, la catedral de León, inicialmente ideada como iglesia parroquial goza de un lugar privilegiado entre las catedrales mexicanas por su historia y su belleza. Destacan sus dos torres, que llegaron a ser las más altas del territorio mexicano con sus más de sesenta metros de altura. Los azulejos policromos de su cúpula muestran dibujos de la Virgen de Guadalupe, la Madre Santísima de la Luz y Cristo Rey del Cubilete. Los tres pórticos en cantera labrada son únicos en México. Lo mismo se puede afirmar de las filigranas con motivos vegetales y geométricos que adornan sus bóvedas y paredes internas. En una de sus capillas interiores se conserva el modelo en mármol de Carrara para el monumento nacional a Cristo Rey. También destaca la capilla dedicada a San José y la Capilla de la Soledad, en estilo neo-mudéjar, también única en México.

El piso de la iglesia entera es de madera de mezquite, árbol propio de la zona, de gran dureza y escaso follaje. Los vitrales y los candelabros son otros tantos motivos de gloria para el hermoso templo, así como la sillería del coro en madera labrada.

La hermosura de la Madre de Dios, Madre Santísima de la Luz

El semblante afable y risueño de la Virgen roba la atención de quien la contempla por la dulzura que manifiesta y la paz que transmite. Su mirada es copia fiel de la mirada de su hijo Jesús, Luz que ilumina las naciones.

Todo buen hijo se parece a su madre. Pero en el portento de la maternidad de María sucede lo contrario: es la madre que se parece a su Hijo. María dona a su hijo los rasgos físicos, pero es Jesús quien regala a su madre su bello e iluminado rostro. Es el resplandor de la presencia de Dios en el alma. Por eso el ángel llamó a María la “Llena de Gracia”. Esta venerable imagen nos recuerda que la Virgen es poderosa intercesora y una ventana que ilumina nuestra vida con la claridad del cielo.

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